La reproducción mecánica de lo bello

“Los rostros de las chicas de Texas se asemejan ya, en su estado natural,
a los modelos exitosos según los cuales serían clasificados en Hollywood.”
ADORNO y HORKHEIMER. Dialéctica de la ilustración

 

¿Ha llegado a ser evidente, como decía Adorno, que ya no es evidente nada que tenga que ver con el arte, ni él mismo, ni en su relación con el todo, ni siquiera su derecho a la vida? Quizás sea mejorque la lectura provoque el mismo sentimiento de incertidumbre que provoca una herida abierta. Así como Nietzsche predijo que el mundo verdadero devendría fábula, el desfallecimiento crónico de los tiempos que corren ha hecho posible un estado de esquizofrenia difusa donde la industria de la cultura produce en serie las tipologías –a las que adhiere cada cual por pura licencia poética- de los diferentes inconscientes sociales atestados de estereotipos e ideales vacíos de contenido con un torpe disfraz del estado patológico de una sociedad obsesionada por la identidad y la recuperación de la fisionomía individual. Personalización de la masa. “El corre estáticamente sobre una cinta delante del espejo de su gimnasio” (LE COMITÉ INVISIBLE, 2007:13). La continuidad omnipresente y la constante amputación que ejercen los medios de comunicación disciplinando a través del espectáculo a las masas, que vanagloria, desde la más descarada repetición, lo mismo, haciendo pasar por verdad una realidad de suyo ficticia.

Las diferentes versiones del sueño americano se introducen con rasgos típicamente masoquistas en las almas, en los cuerpos, en la tierra. Esa es la verdad. Refugios para protegerse del frío. Fármacos. Johnny’s in the basement mixing up the medicine [i]. Pero tranquilo. Todo se va a solucionar. “Mientras esperas puedes soportarlo. La búsqueda de sí. Tu blog, tu piso, las últimas tonterías a la moda, las historias de pareja, el sexo” (LE COMITÉ INVISIBLE, 2007: 13).

¡Cuántas cosas necesarias existen hoy en día para tener un yo! La industria cultural absolutiza la imitación suministrando opio para aliviar el sufrimiento de la vida cotidiana a través de una reproducción mecánica que rueda siempre sobre el mismo lugar ofreciendo inyecciones de ideales para hacer –aunque sea nada más que un momento-, la vida más fácil a los espectadores. Pasivos. Satisfechos. Boca arriba. La perversa máquina que basa su éxito en la repetición de “lo idéntico” como formación a-crítica de la masa no es inocente y el engranaje para que todo funcione es sencillo: convertir en posible todo lo que reproduce. (“Hay espejos que debieran haber llorado de vergüenza y espanto” (NERUDA, 1986: 148)).

Todos vemos lo mismo, ergo todos queremos lo mismo. Hay muchas vías por las que escapar pero todas forman una red. Un sistema. Silicio: “elemento electropositivo más abundante de la corteza terrestre. Es un metaloide con marcado lustre metálico y sumamente quebradizo. Por lo regular, es tetravalente en sus compuestos, aunque algunas veces es divalente, y es netamente electropositivo en su comportamiento químico” [ii].

Lo blanco de los muros garantiza un pueblo mudo. La tranquilidad de los museos muestra que el arte es inofensivo. Cientos de años para llegar a una y la misma tautología: yo=yo, donde no existe ni el frío ni el invierno. “Los refugios donde uno se mantiene caliente siempre son mejores que el frío del afuera. Donde todo es falso, toda excusa es buena para recalentarse” (LE COMITÉ INVISIBLE, 2007: 42).

Podríamos decir que el arte ha perdido su valor de culto en favor del valor de exhibición, es decir, el arte ha devenido en su propia contra. En la actualidad tan sólo existen un arte hecho para ser expuesto y para favorecer de manera forzosa a una experiencia estética ligada de manera escandalosa a la industria cultural. Es decir, arte es sólo lo expuesto en un museo o en una galería, arte es la literatura hecha para ser vendida y la música hecha para ser masivamente escuchada. El paradigma de ello es el cine, producido masivamente para ser masivamente reproducido, perdiendo el valor absoluto de la obra de arte como unidad, de la que éste presumió durante muchos años.

Un arte para las masas basado específicamente en la técnica y en el montaje que nos conduce de manera irrevocable hacia un único sentido con velocidades ya establecidas a priori. Antes de la aparición de la técnica, todas las obras de arte eran únicas e imposibles de reproducir. Es por ello que hay que seguir insistiendo en la transformación de las condiciones de producción que determinan lo que hoy conocemos como arte. En ese sentido, dice Benjamin que “se puede resumir estos rasgos en el concepto de aura, y decir: lo que se marchita de la obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica es su aura. Es un proceso sintomático; su importancia apunta más allá del ámbito del arte. La técnica de reproducción, se puede formular en general, separa a lo reproducido del ámbito de la tradición. Al multiplicar sus reproducciones pone, en lugar de su aparición única, su aparición masiva. Y al permitir que la reproducción se aproxime al receptor en su situación singular actualiza lo reproducido (…) Su agente más poderoso es el cine” (BENJAMIN, 2003: 86).

Bello, en la actualidad, es lo que la cámara fotográfica o de filmar refleja. “También a causa de lo bello ya no hay nada bello: porque ya nada es bello. (…) Es la fatalidad del arte hoy estar infectado por la falsedad de la totalidad dominante.” (ADORNO, 1969: 77, 82) El resto de vidas infames parecieran condenadas a lo invisible. Sin embargo, la vida humana –sí, vida en general- es obra poética, como insistía Gombrowicz, la cual no es una tarea de conversión del sí mismo en una obra de arte como tampoco una conversión; más bien, rodeados de fetiches técnicos y de consumo, el único espacio que nos queda somos nosotros mismos. Sin embargo, al mismo tiempo, en el cine encontramos un elogio a las pequeñas acciones de la vida cotidiana que colocan al individuo como centro de la obra de arte.

Esta caracterización no está falta de problemas. La mercantilización que define el valor de uso a través de una verborrea acerca del arte –un discurso en el que todo entra-, y la noción desbastada del artista ya no definido como revolucionario y creador de nuevas posibilidades de mundo, un artista ansiado que se define en función de un acto creador que transfigura el orden social establecido y se instaura como revolucionario, son una evidencia más de la vigencia de sus obras. Sin embargo, este aspecto revolucionario dista mucho de la realidad actual con respecto al arte y al artista. El artista ya no es alguien que crea un acontecimiento puro que pone en tensión todos los valores arraigados en lo más profundo, sino alguien que cosifica la obra y la define en función del mercado, que a su vez está mediado por la industria cultural que define lo que es y lo que no es arte.

Hemos llegado a un punto en el cual los talentos ya no pertenecen a la sociedad sino a las empresas. La industria cultural, en palabras de Adorno, es la antítesis del arte de vanguardia, ese arte lúdico, revolucionario y libre que huye de “lo mismo” representado por las figuras de Brecht, Tristán Tzara o Duchamp. El éxito de la industria cultural, consiste en la repetición de “lo idéntico”; las mismas imágenes para hacer cuenta de lo sucedido acerca de los grandes eventos pasados ya sean Mayo del 68, la Guerra de Vietnam o el Desembarco de Normandía. El capitalismo ya no sólo es una inmensa acumulación de mercancías como se atrevió a afirmar Marx, sino además una inmensa acumulación de imágenes (y de la saturación de las mismas). Este capitalismo aboga por la no-fabricación de valores que ha producido la técnica, la que convierte a los individuos en espectadores pasivos y satisfechos que se dedican a contemplar desde el espacio creado por ellos mismos, una gigantesca industria de imágenes que acostumbra, distancia y domestica al hombre a la experiencia del fracaso, el dolor, la tortura y la crueldad tanto, como al imaginario de lo que nunca podrán ser, creencia tutelada por el eslogan del sueño americano. De este modo, se crean estereotipos a partir de imágenes falsas y fabricación de ilusiones, haciendo que la masa olvide el horror que existe ahí fuera, generando una burbuja que convierte a la vida en la eterna impotencia de fabricación de ficciones edulcoradas. Este tipo de sociedades disciplinadas por el espectáculo, que piden pan y circo como antaño, están influenciadas por “las grotescas películas americanas y las películas de Disney que producen una voladura terapéutica del inconsciente” (BENJAMIN, 2003: 88).

Podemos decir que el cine no es industria, no es consuelo, no es propaganda. El cine es (o debe ser) por definición, moderno. Y esto en el sentido definido por la Modernidad, la cual empieza cuando en el siglo pasado algunos escritores y artistas rompen con las tradicionales concepciones morales y estéticas abriendo de este modo el camino a una nueva interpretación del hombre y de sus obras, escandalizando por ello a la burguesía y a no pocos de los auto-proclamados librepensadores y artistas. Al atacar así a los llamados valores firmemente establecidos y al desafiar las normas y preceptos arraigados en lo más profundo de la conciencia moral, se construye la imagen del artista revolucionario. Necesariamente, el Movimiento Dadá consistía en poner patas arriba y profanar todos los valores establecidos: los dadaístas se opusieron a lo inhumano de nuestra cultura, puesto que la Primera Guerra mundial había contribuido ya a poner en evidencia la vacía retórica del humanismo que proclamaba el perfeccionamiento del hombre basado en la creencia de que bastaba que se formara en los estudios clásicos para hacer de él un ser racional, del que podía esperarse una constante superación. “Ser moderno es romper con la presunta armonía de este mundo artificial al mostrar que, tales estereotipos, constituyen sólo una fachada, y eso es precisamente lo que consigue el cine” (ADORNO, 2004: 80). Justamente por eso, no deja de ser una especie de liberación del hombre. Pero ahora viene lo más interesante de esta idea: este arte es producto de los modernos filósofos y poetas, quienes rompieron su vinculación con el pensar exclusivamente lógico. Sólo la espontaneidad y el pensar son opuestos al cálculo consciente que domina la vida prosaica, donde todo se resuelve por números como en un balance contable, y sólo ellos pueden darnos una experiencia realmente estética, experiencia, que por otro lado, consigue el cine. Sin embargo, domesticados por la industria cultural que nos proporciona un bienestar ficticio desde una diversión que nos aleja del mundo, nos despreocuparnos de la vida cotidiana que parece pedir a gritos una transformación urgente. La actitud del hombre que lo pone todo en cuestión, porque sabe lo precario de las construcciones humanas (actitud impopular por incómoda, quizás también por masoquista) es siempre escéptica –y estética- además de nihilista activa. Esa es la función del cine.

De modo que puede surgirnos la siguiente dicotomía: o bien la vida cotidiana es cinematográfica o bien la cinematografía es lo cotidiano. En este punto nos cruzamos, con una estética de la existencia al más puro estilo de Nietzsche que ya trata el arte como un estética de la existencia, en cuyo caso habría que considerar que la noción de artista posee un doble sentido: en cuanto producción afectiva de nuestros modos de existencia, y como captura o plasmación de la vida en las diversas artes efectuada por alguien a quien llamamos pintor, escultor, músico, escritor, cineasta, dramaturgo, poeta… La revolución artística es algo que debe producirse individualmente en cada uno de nosotros, es un proceso dinámico del espíritu que, por definición, no puede formar pactos, ni aspira a la consolidación de su poder.

¿No será cierto que cada uno es artista? ¿No será que la humanidad crea el Arte no sólo sobre el papel y la tela sino en cada momento de la vida cotidiana? Cuando la doncella se pone una rosa, cuando en una charla amena se nos escapa un chiste jocoso, cuando alguien se confía al crepúsculo, todo eso no es otra cosa sino Arte. Para qué entonces esa división tremenda: Ah, yo soy artista, yo creo el arte, si más conveniente sería decir con sencillez: Yo, quizá, me ocupo del Arte un poco más que otras personas (…) Déjense, pues, de esas deleitaciones con el arte. Déjense de ser artistas. Dejen ¡por Dios!, dejen todo su modo de hablar del Arte, aquellas síntesis, análisis, sutilezas, profundizaciones y todo ese sistema de hincharlo e inflarlo; y en vez de imponer ficciones, déjense crear por los hechos. Mirad ahora cuán diferente sería la actitud de aquel que en vez de empaparse de toda esa fraseología fabricada por un millón de metafísicos-estéticos concepcionalistas, con mirada fresca, abarcara el mundo, compenetrándolo con la enorme influencia de la forma sobre la vida humana (…)

Contemplad más de cerca lo quimérico de ese postulado. Lo propio nuestro es la inmadurez eterna. Lo que hoy podemos pensar, sentir y decir, forzosamente se convertirá en una tontería para nuestros biznietos. Mejor sería, pues, que ya hoy tratásemos todo esto como una tontería, adelantándonos al tiempo… Y esa fuerza que os lleva a una definición prematura no es, como creéis, una fuerza enteramente humana. Pronto nos daremos cuenta de que ya no es lo más importante morir por las ideas, estilos, tesis, lemas y credos, ni tampoco aferrarse y consolidarse en ellos, sino esto: retroceder un paso y distanciarnos frente a todo lo que se produce sin cesar en nosotros.” (GOMBROWICZ, 2008: 91-109)

[i] BOB DYLAN, Subterranean Homesick blues.
[ii] http://www.lenntech.es/periodica/elementos/si.htm#ixzz1KWshUdsl

 

Bibliografía

ADORNO, Th. y HORKHEIMER, M. (2004): Dialéctica de la Ilustración, Madrid, Trotta.
ADORNO, Th. (1969): Teoría estética, Madrid, Akal.
BENJAMIN, W. (2003): La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, Ciudad de México, Ítaca
GOMBROWICZ, W. (2008): Ferdydurke, Barcelona, Seix Barral.
LE COMITÉ INVISIBLE (2007): L’insurrection qui vient, Paris, Edition La Fabrique.
NERUDA, P. (1986): Residencia en la tierra, Madrid, Alianza.

 

Author: Belen Quejigo

Soy Belén Quejigo, me gusta sobre todo la poesía y el cine. Me gustaría poder tener más tiempo libre para viajar y si hubiera nacido en otro tiempo quisiera haber fundado junto con Alfred Jarry el Colegio de Patafísica de París.

Compartir este artículo en

Submit a Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *